Tened en poco valor vuestros defectos

By on 10/01/2017
Guillermo Chavez

Considero que las artes son edificaciones del espíritu para disfrutar y deleitarse de lo existente, generadas por un espíritu constructor purificado y vigoroso. Un espíritu débil y viciado únicamente engendra quimeras rechazables por la realidad externa, originando confusión y desorientación.

La historia conserva un número relativamente insignificante, pero suficiente, de espíritus acrisolados y templados que han señalado a la humanidad el sendero más seguro para caminar. También, la historia constantemente está registrando las tragedias provocadas por esos espíritus raquíticos; arrojando al abismo del olvido a los demás, ya que su debilidad les permite únicamente estar en el mundo.

Con base en el anterior argumento, es preciso ejemplificar la existencia de un espíritu vigoroso y templado, desdeñando con la indiferencia a los espíritus paupérrimos.

Antonio Machado Ruiz, español de la época moderna, creador de una obra genial de dimensiones universales en el arte de la poesía, sostenida en el cimiento firme y en la estructura sólida de la filosofía. En efecto, la muy abundante y generosa obra literaria y poética de Antonio Machado se generó en su profundo pensamiento filosófico cristalizado en su extraordinaria y fascinante creación publicada en 1036, denominada: “Juan de Mairena”.  Infiriendo, con el respeto debido, de ahí el título de este trabajo: “Tened en poco valor vuestros defectos”.

Juan de Mairena es un profesor imaginario que somete a sus alumnos a una intensa especulación en la reflexión filosófica, considerando apócrifas a la sociedad, a el arte, a la política, a la cultura, a la moral, entre otras. Por lo tanto, no deja de ser interesante estudiar uno de tantos aforismos de esta obra: “Tened en poco valor vuestros defectos”.

El simple examen de esta sentencia determina en sus antecedentes y fundamentos que el orgullo, la codicia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia, la pereza, entre otros más considerados como vicios o defectos, son parte inherente al ser humano; así como también son inmanentes a la naturaleza del hombre la humildad, la generosidad, la castidad, la mansedumbre, la templanza, el amor fraterno, la diligencia, entre otras estimadas como virtudes o potencias.

Es decir, es utópico pretender eliminar a los vicios o a los defectos; también, es quimérico estimar que el hombre considerado individualmente carece de virtudes o potencias.  En consecuencia, todos los  vicios o defectos y todas las virtudes o potencias están fundidos por un mecanismo de reciprocidad a la esencia del hombre.

Por este motivo, también es menester indicar que la fortaleza de cada vicio o defecto se debilita con el vigor de la virtud o potencia correlativa y que el vigor de cada virtud o potencia disminuye con la fuerza del vicio o del defecto correspondiente. En este intercambio incesante de fuerzas y debilidades el vicio o defecto puede convertirse en virtud o potencia y a la inversa.

Esa fuerza y esa debilidad del vicio o defecto y de la virtud o potencia son generadas y dependen única y exclusivamente de la atención o indiferencia del hombre: serán fuertes con la atención; serán débiles con la indiferencia.

El hombre considerado individualmente, por naturaleza posee todos los vicios o los defectos y todas las virtudes o las potencias en las mismas condiciones; la atención los fortalece y la indiferencia los debilita. Por esta razón el extraordinario pensamiento de Antonio Machado Ruiz a través de la sólida y firme sentencia: “tened en poco valor vuestros defectos” señala que la forma de fortalecer o vigorizar a los vicios y defectos es cualquier clase de atención; al contrario, la indiferencia debilita y disminuye a los vicios y defectos.