San Agustín: Conviene matar el error, pero salvar a los que van errados.

By on 08/11/2016
Guillermo Chavez

La ignorancia es el estado más bello del ser humano, es la posibilidad de sorprenderse y fascinarse del enigmático y hermoso mundo que nos rodea e iniciar activamente el conocimiento. La falsa creencia de ser poseedores de conocimiento evita buscarlo, impidiendo el disfrutar el deleite y el placer de percibir la deslumbrante y encantadora magia de la naturaleza de las cosas y de las ideas.

Por el contrario, la raquítica y pobre creencia de ser poseedor de conocimiento, solo disminuye y debilita la posibilidad de que el hombre, con su esfuerzo exhaustivo, se aproxime un poco más a la inalcanzable verdad universal.

Los errores son parte esencial en la naturaleza del ser humano, no existe el individuo que carezca de ellos: la perfección del hombre contempla la posibilidad de la necesidad del error.

Sin embargo y para entender con claridad esto: los errores cometidos conscientemente por el hombre no lo son y por ende no forman parte de su naturaleza, estas son actitudes realizadas con pleno conocimiento que encubre intenciones perjudiciales; en cambio, los errores cometidos sin intención son parte de la esencia del hombre, generados por la misma legitima y valida imperfección y deficiencia de la naturaleza  humana.

Por eso, el hombre ha creado dos grandes herramientas para conocer  la verdad universal: el espiritualismo y la ciencia. El primero busca la verdad a través de la creencia en la revelación divina; la ciencia investiga la verdad a  través de la razón en el conocimiento de la  armonía del pensamiento con la esencia  y naturaleza de las cosas o ideas.

Sin embargo, los imperativos o normas  espirituales  y  los  juicios científicos deben fincar su solides en el hirviente caldero de la experiencia para certificar su validez y justificar su aplicación en la humanidad. Es justo reconocer la incapacidad del hombre para conocer la verdad universal, por medio de estas dos enormes vertientes: el espiritualismo y la ciencia. Cada paso hacia la obtención de  este objetivo debe estar  firme y solido; en base a que cada avance hacia el conocimiento de  la verdad universal debe impugnarse con rigor para evitar el nefasto dogmatismo que contamina y debilita el edificio del conocimiento que la  humanidad construye.

La lucha es constante, permanente, exhaustiva y encarnizada con los errores espirituales y científicos. El conflicto  no es con la humanidad, el combate  no es con el hombre, el enfrentamiento no es  con el individuo. A la humanidad se le debe respetar en sus principios universales para una convivencia en sociedad lo más  armónica posible; se debe honrar y considerar los valores del hombre para lograr  la paz  y tranquilidad; ponderar  y valorar al individuo en la justa medida y condiciones para  construir  la sociedad en torno a  sus intereses naturales y legítimos.

Tan antiguo como vigente, el pensamiento de San Agustín es reclamado en la desorientada y demolida humanidad de hoy. El concepto de hombre individual ha desaparecido de la dinámica social sustituyéndolo por la idea de maquina: generando, esta sucesión, una dramática y espeluznante nueva relación con la humanidad; el error se paga en conceptos materiales bajo términos utilitarios cuando beneficia al individuo, en los pocos casos; en la mayoría de los eventos el hombre sufre, injusta e irrazonablemente, en su persona los embates sociales por los errores cometidos, originados básicamente en la diferencia de ideas.

Me despido: El germen de los conflictos de la humanidad se fortalece en el incorrecto y desacertado argumento de enmendar y perfeccionar los errores de la humanidad destruyendo y aniquilando al hombre mismo. Los errores legítimos y necesarios se reforman y modifican en los errores mismos.

San Agustín, un pensador vigoroso y universal…el tiempo y el espacio no atrapan su razonamiento y juicio.

Es cuanto ¡un saludo fraterno!