Recuerdos de Juárez

By on 01/06/2016
Carlos Redondo

David Gamboa, amigo y director de este medio, escribió hace unos días un artículo sobre la visión que daban unos reporteros del National Geographic sobre Ciudad Juárez. En él, explicaban la progresiva vuelta a la normalidad del lugar. David agradecía que un medio tan destacado a nivel mundial diese una imagen más positiva, pero también la criticaba por insuficiente. Ciudad Juárez es mucho más que una ciudad resucitando sobre sus propios cadáveres. Es una ciudad llena de vida con un patrimonio cultural y humano que nadie proyecta.

Mi primer contacto directo con México fue Ciudad Juárez. Un auténtico choque a todos los niveles. En tan sólo unos pocos metros se cruza de un mundo a otro radicalmente distinto. Mientras El Paso es un lugar de calles desiertas y bien cuidadas, Ciudad Juárez es un caótico hervidero de gente, carreteras destrozadas y edificios que se caen a pedazos. Una ciudad perteneciente a un país que todos me desaconsejaban pisar. Incluso los propios mexicanos que iría encontrando más adelante, en ciudades y zonas que otros mexicanos también consideran muy peligrosas. Si uno mira las advertencias del Ministerio de Asuntos Exteriores de España, mi país, la recomendación es clara: no visitar Ciudad Juárez. Una ciudad, y un Estado, Chihuahua, a evitar. Y en caso de que deba hacerse, siempre por motivos de causa mayor, piden hospedarse en El Paso y cruzar la frontera todas las veces que sean necesarias.

Mi motivo, efectivamente, era de causa mayor. Las ganas de viajar y conocer otras realidades tan diferentes me llevaron a poner el pie en esta ciudad estigmatizada. Lo hice con cierto miedo y un gran respeto, por supuesto. Sobre todo al cruzar la barrera y ver la degradación física, los fraccionamientos blindados, el ejército patrullando las calles y los discretos homenajes a las desaparecidas. Las huellas que aún siguen conviviendo con el triste pasado. A pesar de aquellas cosas, fue una grata sorpresa encontrar esa Ciudad Juárez con vida propia que tanto reclama David. Ver cómo el lugar, considerado entre los más peligrosos del mundo, estaba lleno de gente paseando, visitando el centro histórico, comiendo en restaurantes, atestando los centros comerciales y saliendo de fiesta. La misma rutina de Madrid, Roma o Nueva York.

Pero más extraordinario fue encontrar al juarense, esa persona cálida y amable que ofrece al foráneo, aún siendo un completo desconocido, todo lo que tenga. Tan maravilloso como encontrar un lugar donde la gente ríe, bromea con sus propias desgracias, ama, trabaja duro y sueña con un futuro mucho mejor. Un lugar donde sus gentes no se resignan, y este medio informativo que están leyendo es la prueba fehaciente de ello, ofreciendo lo mejor de sí mismos para superar la barbarie. Vi a los juarenses manteniendo una esperanza. “Esta ciudad ya no es lo que era” me repitieron varias personas con cierto alivio. En mi país, como en tantos otros, salir a dar un paseo es algo tan cotidiano que ni siquiera se cuestiona. En Ciudad Juárez ya es una conquista. El gran logro de ir superando el miedo y empezar a afrontar los problemas de raíz.

Con toda sinceridad, antes de visitar Ciudad Juárez me preguntaba por qué alguien quiere vivir en un sitio así. Tras conocer su realidad, más bien su realidad obviada, comprendí algo más. La respuesta está en la propia naturaleza. La vida se agarra con más fuerza allá donde la muerte y el peligro están más presentes. Y Ciudad Juárez quedó tan maltrecha que la necesidad de curarla es vital. Algo casi evolutivo. Los juarenses más mayores conocieron una ciudad relativamente tranquila y muy próspera, cercana física y moralmente al american dream. Eso sí, con la peculiar personalidad que ofrecen las fronteras. Limbos que son una mezcla de cada país y a la vez diferentes de ellos. Por eso aman su tierra. Porque Ciudad Juárez, como tantas zonas en México, fue algo mucho mejor. Lo otro, lo que todos conocemos, ha sido una terrible pesadilla de la que esperan despertar y que se olvide con la luz de este nuevo día.

Resulta imposible conocer una ciudad, su historia y su idiosincrasia durante unos pocos días. Y mi visión está sesgada por mi experiencia. Sin embargo, tuve la inmensa suerte de no encontrar la Ciudad Juárez que no quería ver. Y eso es precisamente lo que Ciudad Juárez intenta mostrar, o más bien demostrar, al mundo. Aún quedan muchos problemas por solventar y su nefasta reputación tardará años, quizá décadas, en quedar limpia. Pero los juarenses están trabajando en ello con sus mejores intenciones, su notable esfuerzo y estoy seguro de que lo conseguirán. Lo merecen. Ya es tiempo para la vida.

Carlos Redondo
Carlos Redondo
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Diplomado en cine e imagen en Madrid, desde siempre compaginó la escritura con la fotografía. Ha rodado varios cortometrajes de bajo presupuesto y participado en diversas exposiciones colectivas e individuales. También colabora con varios medios locales periodísticos y radiofónicos, tanto españoles como estadounidenses. Habitualmente publica algunos de sus trabajos en el blog www.desfabricadoenchina.blogspot.com.