El que propone tiene la responsabilidad de realizar

By on 29/11/2016
Guillermo Chavez

La arrolladora y desaforada actitud del hombre contemporáneo ha impulsado el desarrollo de una infinidad de enfermedades latentes en la sociedad como la discriminación, la superstición y el fanatismo. Esa conducta frenética se engendró en los pensamientos infundados que la humanidad ha acumulado a través de la historia ante la incapacidad de considerar lo esencial y estimar lo permanente; pero sí con una capacidad ilimitada para apreciar lo accidental y concebir lo temporal.

La potente actitud enloquecida del hombre ha reactivado éstas enfermedades de la sociedad gestadas en el pasado por muchos factores, todos con un alto grado de determinación. Uno de esos factores determinantes es la diversidad de ideas tolerantes a lo que es contrario y hasta perjudicial a los principios y esencia del ser humano; también, engendradas estas enfermedades, en las múltiples ideas intolerantes a las conductas o ideas que son beneficiosas a los valores y a la naturaleza de la persona.

Aunando que el valor de la tolerancia y de la intolerancia se pierde cuando se considera a sí mismo como único poseedor de una supuesta verdad y propietario exclusivo de una objetable razón, estimando lo que le conviene a sus intereses particulares como tolerante y lo que no le conviene a sus egoístas ambiciones como intolerante. Generándose un peligroso clima de discriminación, que tanto ha lastimado a la humanidad, incentivado por dos de las terribles enfermedades que han flagelado a la humanidad: la superstición y el fanatismo.

Ante estas enfermedades infundadas, del fanatismo y de la superstición, que conducen a una mala concepción de tolerancia e intolerancia, existe un medicamento sencillo pero eficaz para contrarrestar los efectos de esas enfermedades, consiste en la obligación del que sugiere o propone una idea o un proyecto se responsabilice de iniciar y concluir su realización y construcción y no traslade esa obligación a otros. De esta forma la experiencia o la ciencia determinaran la veracidad de la sugerencia o propuesta en beneficio o perjuicio de la humanidad.

Por eso y considerando las consecuencias, es válido moralmente que el individuo proponga ideas o proyectos que están dentro de su capacidad individual de realización; lo que no es legítimo moralmente es ofertar ideas o proyectos que están fuera de su capacidad personal de concretización.

Desgraciadamente, en la actualidad como en el pasado, han surgido en la sociedad corrientes de opiniones y sugerencias que más que construir han destruido las estructuras sociales, al provocar una inercia de comentarios destructivos. Razón y motivo suficiente para atender esta costumbre, de sugerir y proponer sin responsabilizarse. Que está destruyendo a la sociedad sin freno ni limite.

Para concluir: irresponsable e inmoral es sugerir la realización de una idea cuando se carece de capacidad individual para ello; en cambio, responsable es proponer con firmeza la construcción de un proyecto en las condiciones y términos de la capacidad personal.

Esa irresponsabilidad e inmoralidad del hombre es característica típica en las sociedades de siempre que han padecido la superstición y el fanatismo generados por la profunda y generalizada ignorancia pasiva.

Sin orden y sin control esas enfermedades vigorosas e imposible de erradicar han generado, a su vez, otras enfermedades como la discriminación y el mal entendimiento de la tolerancia y de la intolerancia que hoy tienen sometida a la sociedad a un estado de debilidad y confusión; que tienen cautivo al individuo en una condición raquítica y desorientada.

Responsable y moral es que el individuo que proponga la realización de una idea o la construcción de un proyecto dentro de sus capacidades personales se obligue, y no por el falso término del deber tan comercializado en la actualidad, en la concretización o realización del mismo y que únicamente sean la experiencia o la ciencia las que certifiquen la veracidad de su propuesta, de lo contrario, es sano y beneficioso guardar silencio.

Es cuánto ¡un saludo fraternal!