La Política: ¿Eficiente o Negligente a la Sociedad?

By on 25/10/2016
Guillermo Chavez

La incapacidad inherente al hombre, debido a que la naturaleza lo abandonó y lo olvidó, le obliga a la fabricación de herramientas que le apoyen y le sustenten en la construcción de su organización social para estar en condiciones de poder satisfacer sus necesidades y le orienten en la búsqueda de sus legítimos propósitos trascendentales. De esta manera, el hombre genera el poder temporal o político, que como toda obra del hombre carece de perfección y, abundante en fragilidades y los errores.

Sin embargo, la cimentación de la organización y funcionamiento del poder político del Estado debe sostenerse en la firmeza de los principios y valores arrancados por la razón, única y exclusivamente de la naturaleza y sistema del hombre; cualquier fundamento ajeno y extraño a la esencia y estructura del hombre se reflejará en la inmoralidad y perversión en la confusión y desorientación de la organización y funcionamiento del Estado, con resultados trágicos para el individuo.

Por lo tanto, el progreso y la estabilidad de la sociedad es el resultado del adecuado ejercicio del poder político y de la justa aplicación de las normas jurídicas valiosas por contener los valores morales y principios universales; estos ejercicios y aplicaciones son obligación del Estado. Al contrario, el progreso y la estabilidad serán utopías en una sociedad donde las políticas aplicadas por el Estado responden a intereses indiferentes a la satisfacción de las necesidades naturales del individuo; donde la política expresada por el Estado es estéril y vacía y no cumple con el requisito que demandan los individuos en la satisfacción de sus inquietudes naturales en la búsqueda legitima de las respuestas a las preguntas que la humanidad se formula constantemente.

Con base en el anterior argumento, la sociedad ha asimilado dos quimeras: el progreso y la estabilidad. También, la sociedad ha digerido dos mecanismos de subsistencia: la inmoralidad y la perversión. El individuo que busca el progreso y la estabilidad no coincide con la sociedad de hoy; la conducta del individuo sometido a los mecanismos de inmoralidad y perversión se ajusta con perfección a la sociedad actual.

En consecuencia, es imposible e injusto calificar en términos generales a la sociedad; lo que sí es necesario es reconocer que la sociedad se está conformando en dos grandes grupos de individuos: primero, aquellos que invocan los altos valores morales y los principios elementales para justificar su inmoralidad y su perversión; segundo, son los individuos que en silencio buscan el progreso y la estabilidad de la sociedad con el trabajo físico e intelectual. Estas dos condiciones sociales acreditan que el Estado ha dejado de funcionar: las políticas ejercidas son inhumanas. El Estado se independizó de la razón de su origen y el motivo de  su fin: la naturaleza del hombre.

Por eso, la política ha perdido su carácter universal y se ha convertido en una herramienta subjetiva a disposición de los intereses individuales de los hombres. Generando el radicalismo discriminatorio con base en el fanatismo practicado por ambos  grupos de individuos en la defensa agresiva de sus intereses  propios y ya no sociales.

En consecuencia: la política ejercida por el Estado se olvidó que la naturaleza del hombre son su origen y su finalidad. Por esta razón, la política carece de valores y de principios humanos, generando únicamente las tragedias humanas que la historia y los tiempos actuales registran a manera de prueba. También, la política se considera una herramienta subjetivamente eficiente o negligente de acuerdo a la tendencia del individuo a la inmoralidad y perversión o al pensamiento progresista y estabilizador; pero lamentablemente,  el carácter universal y el fondo humano de la política han caducado como ha caducado la política.

Es cuanto ¡un abrazo fraterno!