La felicidad sin dignidad es el placer del deseo

By on 27/09/2016
Guillermo Chavez

El hombre entiende y comprende los enigmas de la vida conforme avanza en la construcción de su edificio espiritual fundado en la reflexión individual; con la inactividad en esa edificación personal, el hombre solo mastica con dificultad los misterios que imagina.

Por este motivo y debido a la complejidad de los secretos de la vida, el hombre ha creado fascinantes sistemas religiosos, filosóficos, místicos entre otros más, que se han alimentado y nutrido de las diversas y legitimas especulaciones del hombre de todas las épocas y de todos los lugares a través de la historia, pretendiendo la certeza de la objetividad y la imparcialidad, evitando así, la débil e insaciable subjetividad fraudulenta ambicionada por el hombre en la definición de esos misterios y enigmas.

Además, en la gran multitud de enigmas, misterios y secretos que la vida le propone al hombre, predomina el seductor y enigmático anhelo de la felicidad: el conocimiento ingenuo la definirá circunscrita a los límites de la experiencia deliciosa y placentera de los sentidos; el conocimiento reflexivo reconoce su incapacidad para entender, comprender y conocer lo que la felicidad es: en el primero, la felicidad generaría vicios y pasiones fuentes de desgracias humanas; en el segundo, la felicidad sería gestada por los dictados insensibles y gélidos de los procesos inteligibles,

Con base en estos dos argumentos, la conducta del hombre se desarrolla en dos vertientes fundamentales: la naturaleza y la moral.

En la primera, el impulso de los instintos lo obligan a realizar una conducta inclinada a la satisfacción de una necesidad; esta satisfacción esta fusionada íntimamente al concepto de felicidad. La voluntad del hombre sometida al dominio de la naturaleza actúa de forma heterónoma, es decir, la libertad cautiva del poder de la naturaleza obliga a la voluntad a ejercitar acciones y conductas según los dictados de esta.

En la segunda, la moral responsabiliza al individuo de las consecuencias de sus acciones ejercidas con libertad, causando el rechazo de la felicidad; sumando que la libertad está en la moral que no está determinada por conceptos religiosos o consideraciones empíricas del ser humano. Por estos motivos, la moral demanda el dominio sobre los instintos. Es común, la persona que se esfuerza por obrar moralmente no es feliz.

Está ya la condición para definir el concepto felicidad como el placer del deseo que puede consistir en la satisfacción egoísta de las necesidades, el gozo avaro de los deseos o la complacencia codiciosa de los intereses. El hombre que someter su felicidad a los términos y dictados de la moral pura es dignamente feliz. Sin olvidar, que la moral que depende de factores ajenos se encuentra sometida a la esclavitud y hegemonía de un tercero extraño no es moral pura.

La conducta del hombre impulsada por los instintos para satisfacer una necesidad generando felicidad debe estar ajustada a los dictados inteligentes de la moral pura; de esta forma, la libertad de la conducta de una persona es relativa al domino de la inteligencia en los instintos naturales al momento de realizar a conducta.

La moral cimentada en la razón práctica, es decir, la razón conduciendo las acciones del hombre las independiza y libera del poder de los instintos naturales. Lo hombres que ejercitan la razón se alejan gradualmente de la felicidad; los hombres cautivos de la hegemonía de los instintos naturales se inclinan más a la felicidad.

Concluyo: el hombre es feliz cuando siente placer al satisfacer egoístamente sus deseos, que consisten en saciar sus necesidades e intereses naturales; cuando el hombre ajusta su conducta placentera a los dictados de la moral pura, es decir, a la moral sin la intervención de determinantes religiosos o empíricos, el hombre es dignamente feliz. La felicidad sin dignidad moral es un instante de placer del deseo.

Es cuanto ¡un abrazo fraterno!