La Cosmos es Indiferente con la Humanidad

By on 13/12/2016
Guillermo Chavez

A la humanidad le confunde el profundo egoísmo que le debilita y le enferma, esclavizándola en la creencia paupérrima de ser la destinataria única de la organización y de las transformaciones incesantes del cosmos y de la naturaleza.

Ante la profundidad generalizada en la humanidad de este milenario paradigma: resultan tímidas y descoloridas las inconcebibles distancias, las incomprensibles velocidades y las imperceptibles dimensiones del Universo; también, se deduce un endeble entendimiento de los fenómenos, una enclenque penetración en la esencia y un raquítico conocimiento de la naturaleza.

Este paradigma adquiere más firmeza y más solidez cuando el hombre considera a la ciencia en una exagerada dimensión: El conocimiento que el individuo tiene de su exterior es relativo al conocimiento que la ciencia tiene de la naturaleza y del cosmos. Es decir, a la casi nula percepción que el individuo tiene de los objetos, se combina el permanentemente cambio de los mismos, aumentando su complejidad. También, la ciencia tiene un conocimiento, casi nada, del cosmos y de la naturaleza que se transforman constantemente, complicando así su conocimiento. El considerar que se conoce la totalidad del cosmos y de la naturaleza es ignorar egoístamente sus grandezas y creer falsamente en la grandeza del hombre.

El cosmos y la naturaleza no son cordiales, tampoco son hostiles con la humanidad, simplemente existen con independencia de la existencia de la humanidad. Los enormes cambios y las grandes transformaciones de los cuerpos celestes y de la naturaleza generan energía que afecta e influye inevitablemente a todo cuerpo o sustancia, incluyendo a la humanidad, que se encuentre en su círculo de acción. El hombre, en una actitud egoísta, califica de positiva o negativa la influencia de esa energía en el individuo con base en sus parciales y subjetivos conceptos morales, religioso, entre otros.

Así como el hombre aprovecha los recursos naturales para la satisfacción de sus necesidades primarias empleando la ciencia y la tecnología; de igual manera, el hombre debe conocer con certeza a través de la ciencia, sin superstición o fanatismo, la estructura y dinamismo de esas energías para estar en condiciones de aprovecharlas en beneficio del hombre considerado individualmente.

De la forma en que el hombre ha observado permanentemente los fenómenos, que provocan el dinamismo de la naturaleza, para obtener de ellos las leyes que los regulan y así aplicarlas en favor del individuo y de la sociedad; también así, debe contemplar y examinar constantemente los fenómenos que organizan y modifican el estado cambiante de los cuerpos celestes, descubriendo sus misterios para aplicarlos en beneficio también del individuo y de la humanidad: los preceptos

morales es una orientación para que el individuo y la sociedad ajusten precisamente su conducta a los dictados de los fenómenos naturales y a los imperativos del orden del cosmos, de lo contrario, el desajuste de la conducta humana con estos dictados y estos imperativos solo generan desgracias para el hombre.

El cosmos y la naturaleza han existido, existen y existirán independientemente de que exista o no la humanidad; al contrario, la posibilidad de que la existencia de la humanidad concluya es latente, con base en el mínimo movimiento del cosmos o de la naturaleza adverso a la estructura humana, llegará el fin. La humanidad no es especial tampoco es única para la naturaleza…al cosmos, la humanidad simplemente le es indiferente.

Para concluir: la humanidad, enferma de un raquítico egoísmo, está sometida a la esclavitud de un paradigma que le ha orientado durante toda su existencia y que consiste en la ficticia y fraudulenta creencia de que el cosmos y la naturaleza son creaciones hechas con el objetivo de que la humanidad les domine y gobierne.

También, ese paupérrimo egoísmo le ha impulsado a construir grandes sistemas morales, religiosos, políticos, sociales, entre otros más, cimentados y construidos en la voracidad egocentrista y convenenciera y no en el firme y solido conocimiento de las leyes universales y naturales que le den certeza y seguridad para que la humanidad ajuste, con exactitud, su conducta a los dictados e

imperativos del cosmos y de la naturaleza y así evitar las desgracias, que anegan la historia de la humanidad, generadas por la superstición y el fanatismo.

Las inimaginables transformaciones constantes del cosmos y los cambios permanentes de la naturaleza se realizan con independencia del hombre. El mínimo movimiento de la naturaleza o del cosmos adverso a la estructura del hombre terminará con la existencia de la humanidad; en cambio, las agresiones que el hombre ha hecho a la naturaleza no le causan, a ésta, el ínfimo impacto, no tenemos capacidad de lastimarla, al contrario, se revierte y le perjudican en gran medida al mismo hombre. La humanidad no agrede al cosmos, carece de capacidad…es sano, pues, entender que la humanidad le es indiferente a la naturaleza y al cosmos.

Es cuánto ¡un abrazo fraterno!