El Fraude Moral Seduce Al Espiritu Humano

By on 18/01/2016
Guillermo Chavez

El vertiginoso desarrollo de la ciencia impresiona al hombre, impulsando su interés en el desbocado conocimiento de la materia inerte, que en la posteridad lo domina y esclaviza; impidiendo su desenvolvimiento en lo privativo, esencial y puramente humano y espiritual: el hombre intenta desesperadamente satisfacer este vacío con briznas sutiles y vaporosas de principios humanos espirituales, no obstante barnizados de conceptos de un materialismo activo e indiferente; no podría ser de otra forma.   

Se extiende aún más: los pantanosos argumentos contenidos en los conceptos y definiciones de lo espiritualmente humano, que se han tejido a través de los siglos son dudosos, inestables y movedizos; causados y generados por los intereses subjetivos egoístas y no por la solidez y firmeza de lo objetivo y lo imparcial. En el conocimiento humano y espiritual el hombre moderno está preparado y capacitado exclusivamente para ingerir la instrucción y el saber de forma ligera, de manera sutil y liviana; negándose definitivamente al esfuerzo exhaustivo necesario en la búsqueda agotadora de la fuente inagotable de los principios fundamentales del saber  y  la instrucción.  

Incluso: la ligereza confortable es fácil y atractiva; lo lento e incómodo es difícil y desagradable; motivo y pretexto suficiente para que el hombre busque el saber y la instrucción placentera y no aquel saber e instrucción que provoca desagrado. El milenario y acertado aforismo, que palabras más palabras menos, dice: El hombre busca placer y se aleja del dolor.

Así mismo y en otra vertiente: El espíritu humano es la sustancia más sólida, más firme y más vigorosa que el Universo ha creado: es tarea del hombre el conservar ese estado de fortaleza espiritual o de lo contrario, debilitarlo, arrojándolo desnutrido y enclenque a un rincón; esto depende según el alimento filosófico que lo nutra a través del saber y la instrucción que se manifiesta en la observación de las normas morales. Los actos del ser humano, como reflejos nítidos de la  naturaleza de su espíritu, son calificados y certificados por las normas morales que orientan la conducta del hombre  hacia la consecución de estos fines: la bondad y la benevolencia.

Las normas morales conocidas y ejercitadas por el saber y la instrucción, como todas las normas, son herramientas útiles en la orientación de la conducta del hombre hacia la consecución de un objetivo: el hombre determina el uso  benéfico o perjudicial de esa herramienta; en múltiples ocasiones el uso que el hombre le da a esa  herramienta no es el uso para  el que fue construida  es herramienta.

Las normas morales para ser valiosas deben contener en su esencia los mecanismos para lograr la bondad y la benevolencia de forma pura sin la intervención del  hombre; lo contrario, será una norma moral que carece de valor por contener en su esencia únicamente el interés  egoísta  del hombre; que de forma suave y dulce hace conocer esa norma moral al hombre quien a su vez acatara su ordenamiento sin la menor preocupación de analizarla si en verdades valioso.

Sin embargo, existen reflexiones que han interesado, interesan e interesaran a un reducido grupo de hombres en todos los tiempos y en todos los lugares, una de ellas: El individuo tiene la obligación de analizar el valor intrínsecamente de la norma moral para evitar conducir su conducta hacia un objetivo alejado de la bondad y benevolencia, por intención egoísta de un tercero que  busca  su beneficio personal por encima del perjuicio de los demás.  

Deduciendo: El placer de nutrirse de una manera confortable y sutil en el conocimiento de lo humano y de lo espiritual, digerido previamente por un tercero en la complicada y fatigosa tarea de arrancarlo de la fuente original; convierte al hombre en presa fácil de aquellos que emplean el saber y la instrucción como instrumento de dominio y esclavizador del hombre.

La fortaleza y firmeza del espíritu humano ha sido cruelmente seducida por una moral engañosa y falaz generada  por la débil voluntad del hombre de penetrar en la esencia del conocimiento de lo humano. Los actos y conductas del hombre revelan el estado y condiciones de su espíritu y permiten con seguridad calificarlos de morales  e inmorales: el espíritu humano ha sido seducido y engañado  por lo artificial y superfluo, cimentándose en una moral proveniente de la materia; alejada de principios.  

Es cuanto ¡un abrazo fraterno!